Es costumbre en muchas familias seguir una tradición militar
que trasciende por generaciones, en las cuales el abuelo que antes de ser
promovido al grado de General y entrar en retiro, prepara el camino del padre
que desarrolla una carrera ascendente en el oficio marcial, y con menos
dificultad son patrocinados el hijo y el nieto, constituyendo un arquetipo
vivencial que caracteriza a una supuesta casta de combatientes, con valores
morales elevados y altamente favorecidos por la nación a la cual representan. Muy
aparte de la causa patriótica, las motivaciones que empujan a un civil sin
parentela militar, a abrazar una carrera en las fuerzas armadas, no siempre son
dignas, siendo la menos ajustada la que conlleva el Servicio Militar
Obligatorio, aún vigente en gran parte del mundo (medida polémica
adoptada por la política de carrera armamentista, bajo el pretexto de rescatar a la población en estado vulnerable). Pero la
más loable y tal vez la menos reconocida, es la que lleva a un padre a garantizar
el futuro de su familia, poniendo en riesgo su propia vida, a fin de no dejar
en el desamparo a esposa e hijos.
Mi abuelo, Carlos del Castillo, fue enrolado en el ejército
y posteriormente en la policía, ambas actividades forjaron un carácter firme,
una vida cubierta de riesgos y satisfacciones, medallas y beneficios que aseguraron
una pensión familiar para los días postreros. Sin embargo, el regimiento que
más condecoraciones ha impuesto sobre la vida de mi preciado ancestro, es el Ejército
de Jehová, al cual se incorporó cuando apenas era un adolescente, conformando
así la primera generación de la familia, dedicada plenamente al servicio del
evangelio, durante toda una vida consagrada a la obra del Altísimo. Esposo
abnegado y padre de seis hijos, de los cuales quedan cuatro en pie, Don
Carlitos, sintió el llamado y decidió sembrar la Palabra de Dios en los
corazones de mucha gente. A cambio recibió la bendición plena sobre sus hijos,
y la promesa de que Dios guardará a su descendencia, aun cuando hubiese partido
a su encuentro.
A los cinco años de edad, vi a muchas personas desfilar con lágrimas en los ojos, al pasar por el
féretro de quien con tanto empeño y cariño dedicó a su familia a la digna causa
de rescatar vidas, salvar almas, restaurar corazones y combatir contra regímenes demoníacos, a través de la predica del evangelio. Dios obra
de formas misteriosas, y al ver lo que hizo mi abuelo, con ayuda del Todopoderoso, en la vida de tal multitud, no podría explicar cómo a tan temprana edad sentí
el llamado de la providencia. Hoy, casi tres décadas después, sostengo que no hay
causa más noble para emprender actividad militar, que velar por el futuro de
nuestras generaciones.
"Que sea engrandecido tu nombre para siempre, y se diga: Jehová de los ejércitos es Dios; y que la casa de tu siervo sea firme delante de ti. Porque tú, Jehová de los ejércitos, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por eso tu siervo ha hallado en su corazón, valor para hacer delante de ti esta súplica".
II Samuel 7:26-27

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