martes, 20 de agosto de 2013

Plegaria del Comando

Señor no soy, quien quiero ser...
Ni soy... Quien debería ser...
Tampoco soy... Quien voy a ser...

Pero, gracias Señor,
por no ser quien antes era...

Amén

miércoles, 14 de agosto de 2013

Estirpe Castrense

Es costumbre en muchas familias seguir una tradición militar que trasciende por generaciones, en las cuales el abuelo que antes de ser promovido al grado de General y entrar en retiro, prepara el camino del padre que desarrolla una carrera ascendente en el oficio marcial, y con menos dificultad son patrocinados el hijo y el nieto, constituyendo un arquetipo vivencial que caracteriza a una supuesta casta de combatientes, con valores morales elevados y altamente favorecidos por la nación a la cual representan. Muy aparte de la causa patriótica, las motivaciones que empujan a un civil sin parentela militar, a abrazar una carrera en las fuerzas armadas, no siempre son dignas, siendo la menos ajustada la que conlleva el Servicio Militar Obligatorio, aún vigente en gran parte del mundo (medida polémica adoptada por la política de carrera armamentista, bajo el pretexto de rescatar a la población en estado vulnerable). Pero la más loable y tal vez la menos reconocida, es la que lleva a un padre a garantizar el futuro de su familia, poniendo en riesgo su propia vida, a fin de no dejar en el desamparo a esposa e hijos.

Mi abuelo, Carlos del Castillo, fue enrolado en el ejército y posteriormente en la policía, ambas actividades forjaron un carácter firme, una vida cubierta de riesgos y satisfacciones, medallas y beneficios que aseguraron una pensión familiar para los días postreros. Sin embargo, el regimiento que más condecoraciones ha impuesto sobre la vida de mi preciado ancestro, es el Ejército de Jehová, al cual se incorporó cuando apenas era un adolescente, conformando así la primera generación de la familia, dedicada plenamente al servicio del evangelio, durante toda una vida consagrada a la obra del Altísimo. Esposo abnegado y padre de seis hijos, de los cuales quedan cuatro en pie, Don Carlitos, sintió el llamado y decidió sembrar la Palabra de Dios en los corazones de mucha gente. A cambio recibió la bendición plena sobre sus hijos, y la promesa de que Dios guardará a su descendencia, aun cuando hubiese partido a su encuentro.


A los cinco años de edad, vi a muchas personas desfilar con lágrimas en los ojos, al pasar por el féretro de quien con tanto empeño y cariño dedicó a su familia a la digna causa de rescatar vidas, salvar almas, restaurar corazones y combatir contra regímenes demoníacos, a través de la predica del evangelio. Dios obra de formas misteriosas, y al ver lo que hizo mi abuelo, con ayuda del Todopoderoso, en la vida de tal multitud, no podría explicar cómo a tan temprana edad sentí el llamado de la providencia. Hoy, casi tres décadas después, sostengo que no hay causa más noble para emprender actividad militar, que velar por el futuro de nuestras generaciones.


"Que sea engrandecido tu nombre para siempre, y se diga: Jehová de los ejércitos es Dios; y que la casa de tu siervo sea firme delante de ti. Porque tú, Jehová de los ejércitos, revelaste al oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré casa. Por eso tu siervo ha hallado en su corazón, valor para hacer delante de ti esta súplica".

II Samuel 7:26-27

miércoles, 7 de agosto de 2013

Prefacio

El arte de la guerra no es solo el arte del engaño, mas bien consiste en el uso de la estrategia para la victoria, adelantarse al enemigo y mantener en secreto cada movimiento. Bueno... Hay mucho que decir, ya que la guerra no se limita a la contienda armamentista que termina por destruir naciones, de hecho la beligerancia política y social que se desata en diferentes partes del mundo, y de la cual somos testigos, víctimas o partícipes, es la maximización de una realidad simple y difusa al mismo tiempo.

El ser humano se encuentra en conflicto permanente, sin darse cuenta, y la guerra librada en el interior de cada persona, termina por exteriorizarse y masificarse hasta terminar en muerte, a nivel personal y espiritual. Sin saberlo, somos presa fácil de caer en la desgracia de consentir a nuestro propio ego, dando cabida a una invasión de sensaciones que por más que parezcan saciar nuestras ansias de poder, solo ahondan el vacío que nosotros mismos cavamos con nuestros actos.

Nadie es perfecto, y de hecho nadie logra alcanzar la perfección, ni en el mejor momento de éxito plausible en la reducida percepción humana. Sin embargo todo es parte de un proceso. Memorias de un Soldado de Dios que ha sido rescatado de una prisión infernal, testifica sobre la lucha entre el bien y el mal, a nivel personal y social, sin restricciones de contexto religioso, con el único fin de evitar que más soldados caigan prisioneros.


"Ël provee de sana sabiduría a los rectos; Es escudo a los que caminan rectamente" 


Proverbios 2:7